lunes, 6 de mayo de 2013

Rio Chicamo (1)

La geología asociada al Río Chícamo.

El trazado del río Chícamo ha sido definido por el paisaje geológico por el que discurre, éste se ha visto seccionado y dibujado como si de una obra de arte se tratase por sus aguas.

El río nace cerca de la pedanía de Macisvenda transcurriendo por una zona agrícola de escasa pendiente y con un sinuoso trazado lleno de vegetación asentada sobre ricos suelos.

Continuando el trayecto alcanzamos el entorno más bello y conocido; una vasta formación conglomerática que está espectacularmente seccionada por el río, originando un estrecho desfiladero, de menos de dos metros de anchura y alturas próximas a los 40 metros en algunos tramos.

Todo ello salpicado de un cauce siempre con agua y con remansos. El incuestionable interés geomorfológico de este estrechamiento se ve complementado por otros muchos aspectos de interés geológico.


Se aprecian los diferentes depósitos originados por las sucesivas tormentas. Se trata de lóbulos de brechas y conglomerados rojizos, que avanzan sobre los infrayacentes, a veces separados por sedimentos marinos arenosos, grises o amarillentos.

Pequeños parches arrecifales, que nos indican la existencia de un clima cálido.

Durante el recorrido se pueden ver otros aspectos geológicos, como la existencia de fallas. Algunas de ellas han sido aprovechadas por el río Chícamo para excavar su cauce y son las responsables de que gire bruscamente formando meandros de casi 90 grados.

También existen grandes pliegos muy abiertos, pequeñas surgencias de agua en las paredes de los conglomerados, donde se produce la precipitación de carbonatos y la formación de travertinos. Tras cruzar el desfiladero, las rocas detríticas van disminuyendo su tamaño de grano y cambian a areniscas rojizas, con niveles ricos en restos vegetales oxidados o carbonizados, que representan las partes más distales del abanico deltaico y que progresivamente son sustituidos por margas marinas amarillentas o grises, que evocan un fondo marino fangoso.

Cerca ya de la carretera que va hacia Macisvenda, sobre las margas marinas, podemos observar margas en tonos amarillentos-rojizos y areniscas, que representan sedimentos de antiguas marismas.

Por último al ascender hacia la carretera que nos lleva a Abanilla, podemos imaginar cómo era el paisaje tropical de hace unos 10 millones de años. La sierra de Abanilla al sur, que formaría una isla, la sierra del Cantón al norte y entre ambas, un brazo de mar, donde desembocaba el delta visitado y que formaba parte de la extensa cuenca marina de Fortuna.

En este mar, moderadamente profundo, se depositó gran cantidad de margas, que tras su emersión, fueron talladas profundamente por los procesos geológicos externos, dando el actual paisaje en cárcavas (bad-lands), típico de zonas semiáridas. Esta historia geológica es la responsable de que hoy podamos los seres vivos gozar de este oasis murciano.

¿Qué son los bad-lands...?

Bad-lands, es un término anglosajón que se traduce como “tierras malas”, aunque también se habla de paisaje lunar, en referencia a aquellos terrenos donde la reducida vegetación y la importante erosión han contribuido a la formación de profundas cárcavas. Afecta a las pendientes de rocas blandas (arcillas, margas, yesos) en un clima subdesértico como resultado, en general, de la destrucción antrópica de la cobertera vegetal.

Los bad-lands adquieren gran desarrollo en determinadas áreas de la vertiente mediterránea española, y especialmente en el Sureste peninsular: área de Tabernas, Cuenca de Vera, y, en nuestra región, en la Cuenca de Mula y Cuenca de Abanilla-Fortuna, donde el carácter deleznable de su litología, la rápida concentración de la escorrentía superficial cuando sobrevienen las lluvias torrenciales y la adopción de usos del suelo inapropiados favorecen este tipo de erosión.

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