miércoles, 14 de mayo de 2008

Isaac Peral (II)

La crisis de 1885 entre España y el imperio Alemán, por la posesión de Las Carolinas, acelerará el proyecto, que el 9 de septiembre Peral comunicó a Pezuela, consiguiendo luz verde a los pocos días y una consignación de 5.000 pesetas y los medios técnicos y humanos del Arsenal de La Carraca.

El 5 de marzo de 1887 se iniciaron las pruebas. El buque tendría 61 toneladas de desplazamiento, estaría armado con cuatro torpedos y su coste seria de 301.500 pesetas. Peral ponía en marcha un proyecto que había triunfado en la imaginación de Julio Verne, pero que en la realidad había fracasado en cuantos intentos se habían producido, desde El Tortuga de David Bushell en 1776, al Nautilus de Robert Fulton; desde el Ictíneo I y II de Narciso Monturiol, a los ingenios del español Cosme García, el bávaro Wilhem Bauer o el Plangeur del francés Bugeois, todos con resultados ciertamente negativos. Pero la realidad aconsejaba construir pequeños barcos con suficiente capacidad destructiva para hacer frente a los poderosos acorazados de las grandes potencias mundiales. El Holland y el Narval reunían estos requisitos, pero su operatividad estaba en entredicho.


Peral, por su parte, estudió todos los aspectos del buque, desde el tamaño, donde tuvo especial incidencia el coste económico; la propulsión mediante dos motores de 30 CV, que impulsaban dos hélices gemelas; los mecanismos de inmersión, mediante el denominado «aparato de profundidades», invención de Peral; la respiración; los sistemas de navegación, resolviendo el problema de la brújula en cascos de acero o hierro, y los mecanismos para el combate. Además, Peral también inventó el acumulador eléctrico que lleva su nombre, un varadero de torpedos, premiado con Medalla de Oro en la Exposición Universal de Barcelona, un proyector luminoso y una ametralladora eléctrica, entre otros.

Peral recibió todo el apoyo de las autoridades de Marina y la autorización para adquirir en el extranjero los componentes necesarios, chocando inmediatamente con los integrantes de las Comisiones de la Marina española ubicados en las capitales de las grandes potencias navales e industriales del momento, quienes no vieron bien la autonomía de Peral, al que pusieron toda clase de obstáculos. Pese a todo, los componentes del barco se adquirieron en Inglaterra, Alemania, Francia y Bélgica, con lo que la oposición al submarino se hizo evidente y el adelantarse a las grandes constructoras navales europeas no sentó bien en algunas instancias del Ministerio de Marina, que tenían intereses particulares, hasta el punto de que se mostraron los planos del buque de Peral a ingenieros ingleses y se les permitió visitar el prototipo, pese al carácter reservado y secreto del proyecto.

Era evidente que Peral tendría que luchar no sólo contra los elementos externos, sino también contra algunos departamentos de la Armada española, pero Peral no se arredró, salvó múltiples barreras administrativas, algunos «sabotajes» y el 8 de septiembre de 1888 se botó el prototipo de Peral, creándose opiniones contrapuestas, que tuvieron su reflejo en la prensa, la cual llegó a acusar al inventor de republicano y masón, además de derrochador de los caudales públicos e inventor de un arma mortífera. Peral hizo caso omiso y, defendiéndose de las acusaciones, prosiguió su tarea, recibiendo por igual denuestos y felicitaciones, como la del adinerado indiano Carlos Casado de Alisal, quien le donó 500.000 pesetas para proseguir sus trabajos, con lo que la envidia y la murmuración se multiplicaron, llegándose a acusar al inventor de negociante de oscuros intereses.

Cansado de las calumnias y viendo que el Ministerio de Marina no salía en su defensa, ni invertía la donación en el avance del proyecto, renunció a la misma en noviembre de 1889. Además, tuvo que hacer frente a las críticas de sus antiguos compañeros Ruiz del Arbol, Chacón y Pery, etc., que las plasmaron en artículos en la prestigiosa Revista General de Marina, a la que no tuvo acceso Peral. Sin embargo, recibió los más encendidos elogios del Nobel Echegaray.

Pese a todo, las pruebas del submarino continuaron en Cádiz y con éxito absoluto, lo que llevó a Peral a ser homenajeado en Cartagena, dándole a la calle Mayor su nombre. Tras varias discusiones con la Junta Técnica del Ministerio de Marina, dividida en favor del nuevo buque y de su inventor, se aprobó un extenso y completo programa de pruebas de velocidad, autonomía, navegación y ataque, superadas con éxito por el prototipo submarino, lo que llevó al entusiasmo generalizado en todo el país, a nivel oficial y particular: felicitaciones de la reina regente, del gobierno, de las Cortes, de los Ayuntamientos y de los particulares.

El 7 de Junio de 1890 se disparó por primera vez en la historia un torpedo en inmesión. Fue un Whitehead de 350 mm. disparado por el submarino de Peral, y que se conserva en la Base de Submarinos de Cartagena.

Sin embargo, el almirante Montojo fue una excepción, ya que dudaba del éxito de las pruebas, lo que unido a un expediente de concesión de la Laureada de San Fernando a la tripulación del submarino que había realizado las pruebas - no al inventor -, reabrió la polémica, dirigida por el instructor Víctor Concas y Palau, en otro tiempo secretario de la Comisión de Marina de Londres, que en todo momento se opuso a Peral. Finalmente la Laureada no les fue concedida, si bien recibieron otras condecoraciones de menor importancia, siendo la de Peral inferior a la de la tripulación. Era cierto que se habían detectado algunos fallos en la nave, sobre todo en la propulsión electrónica, por la escasamente desarrollada tecnología de los acumuladores, pese a lo cual el dictamen de la Junta Técnica de la Armada fue favorable, aunque con observaciones críticas de Montojo, Heras, Bermejo y Chacón.

El cambio de gobierno, que llevó de nuevo al Consejo de Ministros a los conservadores de Cánovas y al almirante Berenguer al Ministerio de Marina, supuso un golpe decisivo para hundir el proyecto. Berenguer desautorizó al inventor, que no aceptó las condiciones impuestas por la Armada para construir un segundo prototipo, que resultaba a todas luces improbable.

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